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Un niño suplicó no volver con sus padres porque le obligaban a mendigar

Javier Bernardo Augusto sólo tenía ocho años. Una corta existencia pero llena de amargura. Al pequeño, su padrastro le llevaba todos los días a una calle transitada de Benidorm y le obligaba a mendigar de rodillas. Cuando la criatura se cansaba de la postura o de humillarse ante la gente, el hombre le amenazaba o le pegaba para que siguiera. Así horas y horas, a diario.

La familia vivía en una caravana a las afueras de la ciudad porque iban de aquí para allá recorriendo España. Cuando el chaval no llevaba a casa el dinero suficiente sabía que le esperaban golpes con un palo y castigos rigurosos. Una noche de enero de aquel 1987, Javier no regresó. Se acurrucó en el portal de una finca de apartamentos de la playa con un trapo como manta y la ropa empapada de agua. Así lo encontró en la medianoche el portero del inmueble, que enseguida dio aviso a la policía.
Dos agentes lo tomaron en brazos y lo trasladaron a la comisaría. Allí le secaron, le dieron prendas de abrigo y con leche caliente lograron reanimarle. El médico que lo examinó certificó que aparte del hambre y del frío, estaba bien. Al día siguiente, el niño y sus padres fueron llevados ante el juez y allí Javier gritó y lloró que no quería volver con su familia. Se tomó la decisión de trasladarlo a un centro de acogida. En el coche patrulla que lo trasladó a Alicante, el pequeño llevaba consigo la ropa y juguetes que los agentes le habían llevado de sus propias hijos para que no le faltara de nada. «Elegía lo desconocido pero iba feliz», explicaba el diario.
[alert type=”red”] Lo contaba Las Provincias, Hace 25 años [/alert]

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